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4 junio, 2019

El coste económico de los cuidados de la dependencia de las mujeres representa 2,4 veces el importe medio de su pensión pública por jubilación en las mujeres, frente al 1,4 de los hombres

España es uno de los países más longevos del mundo. La esperanza de vida al nacer se sitúa por encima de los 80 años, existiendo diferencias notables entre sexos: mientras que para los hombres es de 80,3 años, para las mujeres es 5,5 años más alta, llegando hasta los 85,8 años.

También a los 65 años, la esperanza de vida de las mujeres supera a la de los hombres (concretamente, en 3,9 años), pero si se consideran los años esperados en buena salud (libre de discapacidad) la diferencia se invierte, ya que los hombres viven 1,4 años más con mejor salud que las mujeres (su esperanza de vida a los 65 años en buena salud es, en ambos casos, de 10,4 años).

Es preciso estimar el coste que supone la dependencia o los cuidados de larga duración. Ya en el primer Informe de la brecha de género en salud se cuantificó el valor económico que suponía el esfuerzo diferencial que debían hacer las mujeres para alargar su esperanza de vida en buena salud. En términos agregados, este coste suponía 8.945 millones de euros al año, lo que equivalía al 0,8% del PIB.

En consecuencia, el coste de la dependencia crecería desde los 5.000 euros al año cuando la persona tenga entre 65 y 69 años, hasta los casi 20.000 euros al año cuando supere los 80 años de edad.

Coste económico de la dependencia por sexo (veces el importe medio de la pensión pública contributiva por jubilación de cada sexo), 2018

Afi, a partir de la Encuesta de Discapacidad, Autonomía Personal y Situaciones de Dependencia 2008 del INE, estadísticas de pensiones contributivas del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social

Así, mientras que el coste económico de los cuidados de la dependencia de las mujeres representa, a partir de los 85 años, 2,4 veces el importe medio de su pensión pública por jubilación, en el caso de los hombres apenas excede en 1,4 veces.

En este escenario, las mujeres tendrían mayor necesidad que los hombres de completar su pensión pública por jubilación con sistemas de ahorro complementario, para lo que tendrían, además, mayores dificultades al contar para ello con menores ingresos generados en sus carreras laborales, más cortas e interrumpidas.

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